¡La vida es maravillosa!. Lo es hasta que deja de serlo, y entonces, ¿que?… Salen al encuentro momentos decisivos que nos proponen arriesgar o no, esperar o jugarnos todo a una carta: nuestra barca amenaza con zozobrar, vemos agrietarse el edificio de nuestra vida amenazando con hundirse sepultándonos. Buscamos soluciones y nos encontramos huérfanos de sabiduría entre sentimientos encontrados.

¿Cómo conseguir que nuestra barca llegue a puerto?, ¿cómo fortalecer los muros?, ¿mirando a otro lado?, ¿vacaciones?, ¿supermarcas?, ¿alcohol?, ¿drogas?… Eludiendo, retrasando no llegará la solución. ¡Hay que hacer frente!, llenarnos por dentro e ir sembrando la coherencia y esperanza que seguro darán sus frutos acercándonos al fin perseguido desde una nueva perspectiva interior, desde un Yo tal vez ignorado por el ego cada día más fuerte; un Yo que no conseguirá apaciguar las olas, pero si, que mantengamos el equilibrio para vencerlas. Apuntalaremos con ilusión los muros que alejarán la catástrofe; miraremos hacia arriba y tal vez las nubes estén cargadas, oscuras, pero nos invadirá la seguridad de que sobre ellas hay un cielo azul, y que en cualquier momento el Sol hará su aparición iluminándolo todo ¡¡iluminándonos!!.

Despertamos nuestras capacidades dormidas, nuestra agotada esperanza ¡¡Gimnasia interior!! ¡¡Auténtica y eterna musculatura!! que dejarán su impronta haciéndonos dueños de nosotros mismos ganado el pulso de la vida. ¿Fácil…? Depende del empeño. SI es posible. Las situaciones no cambian, cambia nuestro enfoque sobre ellas desde ese Yo fuerte, firme y seguro que se va forjando al practicar esas terapias a las que tal vez Rudyard Kypling se refería recomendánselas a su hijo para que fuera ¡¡HOMBRE!!.